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AIRES DE REBOTICA

aires-de-recoticaEl doctor Ulpiano Dorronsoro mantuvo su consulta como médico de familia durante casi cinco décadas en uno de los mejores barrios de la ciudad. Allá acudieron todo tipo de enfermos y en términos generales de estadística pudo decirse que se le consideró un excelente galeno.

            No obstante, los últimos años de su carrera profesional fueron cuestionados debido a una serie de sesudas recetas con que intentaba mejorar la calidad de la sufrida vida de sus pacientes.

            Todo comenzó cuando un primo hermano del alcalde se plantó en la consulta manifestando una negra melancolía, insoportable y fatigadora, en la que con cada día más ahínco padecía la nostalgia de un tiempo anterior. Don Ulpiano no dudó en recetarle, con taxativa obligación de cumplimiento, cambiar de pareja. Así hízolo manifestando en breve haber abandonado la idea de que cualquier tiempo pasado fuera mejor y que lo suyo en adelante era una apuesta fervorosa por un futuro de amor, juventud y fantasía a instancias de su nueva y joven mujer.

            Otro caso: la cuñada asimilada de una de las más rancias y aristocráticas familias de la tribu acudió a la consulta en busca de consuelo anímico con que mitigar unos aires de decadencia terriblemente obrerista, llegando en ocasiones a prolegómenos de una temible revolución social (cuestiones objetivas, subjetivas, lucha de contrarios y valor de utopías transformando la realidad). Sin duda y sin pausa, a los cinco minutos de exposición de tanto desmán y desorden de clase, hubo de prescribírsele el abandono ipso facto de su utilitario para comprar un BMW biplaza, a ser posible descapotable. Dicho y hecho, su sabio consejo se consideró mano de santo.

            Por aquello de que la felicidad es altamente improrrogable y no hay eficacia que horas dure, tuvo el doctor Dorronsoro que moderar sus hábitos terapéuticos y mitigar sus cuitas humanistas, especialmente a partir de que alguno de sus pacientes comenzara a quejarse de que en las farmacias más céntricas de la villa no disponían de grageas compuestas de morfemas para calmar la tos, ni ungüentos con base de lexema antihemorroidal, ni diuréticos con extractos de declinaciones, otrora siquiera de sufijos en espray con que aliviar la alitosis.

            Recurriendo a la penicilina y a tisanas a base de agua del Carmen, pudo don Ulpiano (mal que bien) ir capeando el temporal de infamia, difamación e injundia con que era atosigado desde la dirección colegiada, y con propósito de desandar la lobreguez en que le deslizaban expidió fórmulas tan magistrales como la oración diaria, una dieta rica en genuflexiones y, especialmente, un vasito de agua en ayunas; eliminar excesos poco probables, dar limosna a los pobres y la diaria disciplina de remorderse la conciencia con todo aquello tocante a la indisciplina y falta de obediencia. Ver, oir y callar como una máxima; usted a lo suyo, una declaración de principios.

            El doctor Dorronsoro a punto estuvo de subir a los altares la tarde gris marengo de un mes de noviembre muy traicionero víctima de sus propias hipótesis: automedicóse fehacientemente un lavaje a base de genitivos sajones disueltos en senos, cosenos y alguna que otra tangente (pocas, afortunadamente) con el que aliviar una furcia e infame gonorrea. Hubo de ser ingresado en la habitación de una clínica con vistas al mar y con extrema sedación y antibióticos le fue extirpada su desdichada lujuria.

            Hoy, merecedor de una desahogada jubilación, no extraña verle paseando un exquisito terno cruzado por las calles más soleadas luciendo un nardo en la solapa, recortado su bigote y sien plateada con gomina, lustre de espejo en zapatos y apoyada la mano derecha en un elegante bastón. Colabora de vez en cuando en sesudas revistas de alquimia, dirige tesis exégetas o, simplemente auxilia cruzando salvajes avenidas a vendedores de ciega lotería a los que aconseja, mientras dura el paso de cebra: “Métase pronto en la cama que es donde mejor se está” o bien a intrépidos ancianos a quien no bien dejados al otro lado indica ceremonioso: “Óbice de mal sueño y pesadilla es cenar en demasía”. Hasta a curdelas de la noche anterior, a quienes para mitigar la infalible resaca prescribe frotarse decididamente los dientes y con agua caliente ducharse alguna que otra mañana.

             Y es que en asuntos de ciencia, como de autoridad o de usura, jamás deja de ejercer aquel que fue, será y sigue siendo buen experto en la materia. ¿Es así o no?

Ramón Díez

 

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