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Campos de Níjar

De todos los libros de Juan Goytisolo, quizá este sea el más bello de lenguaje y el que mejor encierra el alma discordante y generosa del autor, fallecido estos días en Marraquesh

A finales de los años cincuenta del siglo XX, la región de Níjar en Almería era una de las más pobres y desoladas de una España, en líneas generales, bastante pobre y desolada. Las explotaciones mineras, en manos de compañías españolas o extranjeras, otrora activas y poderosas y ahora la mayoría cerradas, no habían dejado ningún poso de desarrollo económico ni social en Almería; la agricultura seguía anclada en técnicas del pasado y era bien escaso lo que lograba extraerse de un terreno semidesértico y sin agua; la artesanía, de gran calidad y belleza, malvivía escasa de mercados y el turismo no había descubierto aún la singular belleza de la región.

Juan Goytisolo viajó por esos años a los pueblos de los alrededores de Níjar y el Cabo de Gata para narrar con técnica novelística sus encuentros con un paisaje de soledades ásperas y sus singulares habitantes, que se debatían entre la búsqueda de la supervivencia diaria y el sueño imposible de la emigración, bajo la omnipresente vigilancia de la guardia civil franquista.

El resultado de ese encuentro es un libro magistral que revive lo que era el sur de España no hace tantos años, a la vez que denuncia lo que desgraciadamente no deja de repetirse, una y otra vez, bajo nuevos ropajes. Como dice el narrador en un pasaje del libro, “son las minorías selectas, no el pueblo, quienes suelen echar el dinero por la ventana, y hay muchas maneras de echarlo. El pueblo no tiene más remedio que resignarse, y aun cuando secunde alegremente sus delirios, el hombre de buena fe sabe distinguir, más allá de la anécdota, quiénes son las víctimas y quiénes los culpables”.

El paisaje de los campos de Níjar se le aparece a Goytisolo como una imagen inaudita, de una desnudez violenta, totalmente diferente a todo lo visto por él en Europa. Frente a la opinión más común, incluso entre la gente que lo habita, el novelista es capaz de apreciar la belleza de la tierra que lo rodea, si bien había llegado a ella ya seducido por las descripciones que había escuchado de los inmigrantes en Cataluña y, sobre todo, de los soldados almerienses que había conocido durante su servicio militar.

Y habitando ese paisaje, los niños desnudos o vestidos miserablemente, los adultos, envejecidos prematuramente, condenados a una vida paupérrima o a la emigración, las evidencias del abandono de un pueblo a su suerte y del peor de los expolios: el expolio humano. Juan Goytisolo documenta todo ello a lo largo del libro desde la perspectiva de un reportero, prestando también un especial interés al lenguaje utilizado por las gentes del país. Solo al final de la obra la voz del narrador abandona todo esfuerzo por mantener la objetividad para mostrar su disconformidad y su rechazo a las injusticias de las que ha sido testigo.

La relación de Juan Goytisolo con el paisaje de Almería influiría notablemente en su vida y en su carrera literaria. Su interés por el mundo árabe tendría justamente este punto de partida, ya que el novelista encontró en el norte de África una prolongación del paisaje y clima mental que había retratado en Campos de Níjar.

Durante el viaje, y en su correlato literario, el libro, Goytisolo comparte autobús y conversación con gentes de lo más diverso. En Campos de Níjar hay mucho diálogo, mucho intercambio de impresiones, mucha nostalgia de un tiempo y de unas tierras más ricas que aquellas en las que viven. Los lugareños añoran el Mar Menor y los pueblos al norte de la Costa, evocan Málaga, a donde fueron a hacer la mili o a visitar a algún médico (“allí sí que hay vida”, dice un comensal que acompaña al autor en una de las humildes fondas del camino) o sueñan con emigrar a Barcelona, donde ya viven parientes y amigos; hablan de sus enfermedades y de la escasez de médicos, invitan al viajero a beber un vino seco o muestran, de modo involuntario, la realidad política de la España de 1959: “Joaquín y su mujer se afanan limpiando el pescado y nos traen una botella de vino. En la pared hay una cartulina amarillenta, con las banderas española, italiana, alemana y portuguesa el retrato en colores de Salazar, Hitler, Mussolini y Franco”.

Goytisolo construye una lección magistral de la llamada “literatura de viajes”. Se apodera del paisaje inhóspito hasta extraerle su sorprendente belleza; se deja imbuir por la dignidad y la integridad de los lugareños, que no tienen nada y todo lo dan, que viven una realidad terrible sin dejar de soñar, abiertos y hospitalarios en todo momento y lugar. Al final, el viajero se implica tanto que no puede abandonar el lugar sino con lágrimas en los ojos, lágrimas de ira por la injusticia que no puede remediar, pero también lágrimas de nostalgia por una gente que le ha tocado el corazón. Y, al mismo tiempo que hace todo eso, nos va dejando un retrato implacable de la España franquista, sin necesidad de entrar en ninguna disquisición política.

Campos de Níjar (1959), como todas sus obras anteriores, fue prohibida por la censura franquista. Desde 1957, Goytisolo se había autoexiliado a París, desde donde viajó varias veces a Almería. Seducido por el paisaje y sus gentes, les dedicó esta magnífica obra que ya es un clásido esencial de la literatura en lengua española.

 

Bocadillos:

Goytisolo se apodera del paisaje inhóspito hasta extraerle su sorprendente belleza

La dignidad y la integridad de los lugareños, que no tienen nada y todo lo dan, lo conmueve hasta las lágrimas

Manuel Turégano

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