CARNE

Compro una bandeja de filetes de ternera, algo que no hacía en mucho tiempo. Al sacarlos de la bandeja decido eliminar los  bordes, una gruesa capa de grasa que las tijeras de cocina apenas pueden atravesar. Empiezo a sentir cierta repugnancia al ver que al fondo de la bandeja va quedando un gran charco de sangre muy roja. Troceo la carne a tiras, porque se nota que los filetes son duros o están mal cortados. Eso del corte del filete parece que es un arte como el taurino. El gato se pone a maullar mientras coloco los recortes sobre un plato, que también se tiñe de rojo. Me siento de pronto como un CARNEmuerto viviente de la película de Romero o como Mia Farrow devorando hígado crudo en La semilla del diablo. Pero no, porque a mí, a diferencia de esos seres hambrientos, se me está quitando el hambre cuanto más miro la sangría que estoy montando en la cocina. No me la podré comer si no la enmascaro, pienso, y añado a la sartén un montón de verduras cortadas, sal y pimienta. El gato vuelve a maullar, receloso. Por complacerle coloco ante su hocico la bandeja con la sangre acumulada, que él lame a conciencia, lo cual me pone aún más enferma. Se me está cerrando el estómago. Todo lo veo rojo. Menos mal que en la sartén el filete ha perdido su color original y podría pasar por  carne de seta o por suela de zapato. Me asaltan remordimientos por haber vuelto a caer en la tentación de la carne. La compré porque hacía mucho frío, me justifico. Pero entonces recuerdo mis buenos propósitos vegetarianos, que acabo de traicionar por un trozo de cadáver.

¿Me la comeré? Lo dudo. Si lo hago será por hacerle los honores a la vaca, que no tiene la culpa de que la hayan alimentado mal y matado peor.

Palmireta

 

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