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Concierto de silencios

Hay silencios calmados, tediosos. Los hay exuberantes, poderosos y sobrecogedores. Furiosos y terribles. Hermosos y deseables, apacibles, tranquilizadores y trascendentales. 

Escucho un silencio en lontananza que me llama. Una comunión de todos ellos. Un concierto en que los instrumentos han enmudecido, han dejado paso al inabarcable manto de estrellas muertas que es este silencio y me han invitado a escucharlo. Sí, soy un privilegiado, contemplando desde el palco VIP el callado mundo a mis pies. 

Es una sala oscura en la que solo se percibe un tenue rumor, como el fluir de un riachuelo en una noche opaca. No existen soles aquí dentro, sino una vida oculta que brilla en otro sistema, imperceptible en este lugar. Hay una muchedumbre a mi alrededor, una a la que no puedo ver, que respira con tanta gracia que despierta carcajadas en mis ojos. Desconozco si mis latidos se pronuncian con furia o son impulsos exteriores. Sí, creo que lo son. Escucho los latidos de todos los presentes, la vida en armonía, y es algo hermoso este silencio mancillado. 

Es en este Café con la puerta cerrada horas atrás, prohibido el paso a transeúntes sin fe, donde se aúnan todos los silencios para crear la más estruendosa sinfonía que solo un sordo podría apreciar. 

Sin embargo, nosotros la vemos cuando se encienden las luces, centelleando en nuestros iris quemados por la luna. Acostumbrados a mirar de soslayo. Apesadumbrados por haber perdido la fijación en los débiles destellos que ya casi olvidaron. Sí, vemos este silencio absoluto, tan poderoso que es apreciable con el tacto; el suave contacto de una seda prohibida robada en países exóticos.

Vísteme, silencio, ahonda en mí y encuentra las palabras enterradas. Hazlas resurgir para que te resquebrajen. Llévame y elévame cuando resuene la última canción que compusieron los locos de bellos sueños. 

El hastío te hace cruel, silencio. Ya no eres más que el tejido de las tinieblas, un día más triste y oscuro que todas las noches. 

Acállate, silencio, y da paso a la percusión del mundo, que ansía retumbar de nuevo en esta sala vacía y rebosante de almas. 

Salva Alberola

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