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EDITORIAL: TERRORISMO

El pasado sábado, 3 de junio, el terror volvió a golpear el corazón de Londres. Las ocho víctimas mortales y el centenar de heridos en este nuevo atentado se añaden a las de Manchester de la semana anterior y a las del puente de Westminster y el Parlamento Británico en marzo.

De nuevo las preguntas se amontonan: ¿Es un atentado de ISIS?, ¿ISIS fue la inspiración como en el atentado en un centro nocturno gay en Orlando?, ¿Acaso ISIS entrenó a los terroristas, como en el caso de los atentados en París en 2015?, ¿Qué influencia puede tener el mes musulmán sagrado del Ramadán en los atentados de Londres?, ¿Las fuerzas de seguridad británica conocían a los sospechosos de los atentados?, y por último ¿habrá consecuencias políticas en las elecciones generales que se han celebrado el pasado jueves 8 de junio en Reino Unido?.

Usualmente los atentados terroristas tienen un efecto unificador, como ocurrió después del 11-S, la gente cerró filas con el entonces presidente de Estados Unidos, George W. Bush, pero los atentados terroristas en una etapa tan avanzada del ciclo elector pueden tener consecuencias inesperadas, tan solo hay que recordar los atentados terroristas en Madrid en 2004; el entonces presidente José María Aznar, perdió las elecciones, aunque llevaba ventaja en las encuestas.

El terrorismo yihadista amenaza nuestra convivencia y la normalidad del día a día. Como ya ocurriera en su momento con la navegación aérea, muchas de nuestras rutinas diarias están ya transformándose, especialmente en los grandes centros urbanos, poblados ahora de barreas físicas y con visibles despliegues policiales para protegernos ante una amenaza de tal calibre.

Los niveles de nihilismo y desprecio por la vida civilizada que practica el terrorismo yihadista, revelan el absoluto fracaso de su proyecto cuyo único objetivo es hacernos pagar un elevado precio por haberlo revelado como lo que es: una ideología que celebra la muerte de inocentes de toda raza, religión y condición en cualquier parte del planeta, sea Kabul o Londres y que, por tanto, carece de capacidad alguna de imponerse.

Después del miedo y la rabia, sentimientos legítimos, tenemos que confiar en nuestras mejores armas: la superioridad moral, la unidad, la eficacia policial y la cooperación internacional.

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