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El cuaderno rojo

De vez en cuando conviene purificar nuestro entorno, desechando enseres viejos para dar cabida a los nuevos o simplemente para poner en orden y reubicar lo que constituye nuestra realidad o nuestro medio. Recientemente me he visto obligada a ello por la presencia de pintores en mi casa. Los pintores han sido el detonante pero hace ya algún tiempo que yo notaba cierta inquietud por poner en orden mi universo y por hacer limpieza a fondo de todos las esquinas y rincones de mi hogar. Mover cada mueble y cada pieza de la casa plantea la posibilidad de redistribuir los elementos de forma distinta, de manera que lo mismo puede parecer diferente ubicado en otro ángulo y rodeado de otras cosas, pero la perspectiva de sacar a la luz lo que lleva años escondido es un ejercicio que recomiendo porque remueve sentimientos que creíamos olvidados o al menos dormidos.

En esta tarea agotadora de ir quitando y volviendo a poner lo que les molestaba a los pintores, justo en los días más calurosos del año, han salido a la luz muchas cosas de las que me he deshecho y otras de las que no me separaré, aunque sólo sea para llevarme otra vez la alegría de volverlas a descubrir. Además de muchos escritos que ahora sonaban a muy remotos, uno de esos objetos preciosos con los que me he reencontrado ha sido un cuaderno rojo del tamaño de una agenda de bolsillo, término que entenderán los lectores de cierta edad, con las tapas de piel flexible y las hojas cuadriculadas repletas de notas y de poemas. Suelo escribir en mis viajes cuadernos de bitácora y ese cuadernillo es de los años setenta, cuando aún no existían los Erasmus pero algunos estudiantes intrépidos, en vacaciones de verano, nos aventurábamos a viajar por una Europa en la que todavía resonaban las consignas de mayo del 68. Era en verano del 72 cuando cuatro amigas y yo nos fuimos en autoestop a Ginebra y allí pasamos varios meses haciendo trabajillos precarios que nos ayudaban a sobrevivir, a viajar y sobre todo a descubrir otro mundo y otra gente. Además de mis notas, el cuaderno tiene algunas páginas escritas en italiano por un buen amigo de entonces al que jamás he vuelto a ver. Lo que él escribió para mí en esas hojas son poemas, alguno de ellos tan hermoso que al leerlo de nuevo me he emocionado y he decidido compartirlo con vosotros, sin pedirle permiso a su autor que nunca sabrá que todavía lo recuerdo con todo mi cariño. Creo que no es necesaria la traducción de Mariposa moribunda.

Morenti Farfalla

Posa su un fiore

La farfalla che muore

La coglierá il vento

Con le sue ali giganti

E spargerá il suo seme

A fecondare aridi campi

I suoi colori nevicheranno

Sulle case e le strade

Tingeranno le faccé dei bimbi

Urleranno la loro rabbia

Al deserto di voci che li respinge

Salvatore D’Onofrio. Chamonix 15-7-1972

Maria Valeska

One thought on “El cuaderno rojo

  1. maria isabel dice:

    Hola! Yo no tuve el placer de poder acompañaros en ese viaje,pero recuerdo cada uno de los momentos que habiais vivido y que con tanta ilusion,nos contabais,fue un viaje incrrible y Salvatore una persona maravillosa,que cuando nos hablabais de el,llego a formar parte de nuestras vidas,sin conocerlo..Que experiencia mas bonita

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