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El límite de la definición

Siento una indignación profunda acerca del hecho de tener que definirnos. El estado de cosas hoy nos obliga a hacerlo, constantemente. Títulos y más títulos, cargos y más cargos, palabras y… sólo palabras. Nos ceñimos a papeles que, lejos de representarnos, nos anulan, dejando escapar los matices que nos caracterizan a cada uno de nosotros. No se trata, por lo visto, de quién soy, sino de qué soy, como si de un objeto se tratase. Soy licenciada, soy doctor, soy costurera, soy camarero, soy azafata, soy ingeniero, soy veterinaria, soy alquimista, soy un mago, una ladrona, un escapista de este mundo que se cierra cada vez que pronuncio palabras falsas, cada vez que recito un mar de posesiones vacuas e insustanciales.

Soy un entramado de frases en negro en un papel blanco y mi alma está muerta. Esas son las reglas del juego, espectros caminantes que no conocen la motivación real de su existencia más allá del triste hecho de sobrevivir en la jauría enferma que es esta sociedad. ¿Sabéis realmente lo que soy? Soy pasión, soy pura vida manando por mis entrañas con ganas de devorar hasta el último aliento en esta tierra. Quiero ser todos los colores dependiendo de todos los días que me quedan, días que son míos por derecho natural. No quiero que las horas pesen, deseo que los minutos, los segundos, muevan sus caderas alrededor de mi cuerpo, disfrutando de aquello no soy, que no tengo, que no anhelo.

Nos lo tomamos demasiado en serio. Lo que es devastador, porque los años pasarán igualmente y todos encontraremos nuestro asiento en el olvido. En ese lugar donde tan sólo podrás enfrentarte a una cosa, que es a ti mismo. Vivimos eclipsados por la seducción de la mentira, una mentira que es finita, que se arruga, se marchita, acabando por caer al suelo en un otoño cualquiera; y te quedarás desnudo y solo, con la pena más grande que alberga nuestra existencia: el arrepentimiento. Sólo espero llegar a vieja y poder reposar mis carnes en un molde fabricado con mis propias manos. Que el amor sea todo admiración, no compasión. Enamórate de ti mismo. Vívete. Todos tenemos que pasar por el aro, no te preocupes. Pero siéntelo, siente cómo te aprieta y, a partir de ahí, suelta amarre.

Facebook dice: ‘Tiene una relación’, ‘Estudió en’, ‘Trabaja en’. Yo te digo: ‘Me gusta desayunar desnuda’; lo cual aporta mucho más acerca de quién soy que cualquier otra etiqueta.

Sarah Martínez

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