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Elogio de la sombra

陰翳礼讃

Cuando estamos acostumbrados a atardeceres hermosos, en invierno a veces se nos escapan puestas de sol sublimes que han transcurrido solitarias detrás de nuestros balcones y ventanas, por no hablar de los amaneceres, los otoños o las primaveras. La costumbre tiene ventajas y facilita muchos asuntos cotidianos pero suele ser mala aliada para otras cuestiones que, además de satisfacer necesidades, entrañan deleite.

Independientemente de lo que diga el calendario, el verano ha vuelto y no hay motivo para seguir recluidos, por lo que yo he retomado una de mis rutinas veraniegas. Sí, ciertamente ésta es también una costumbre, pero algo hace de ella algo extraordinario. En mis paseos vespertinos por la playa, ayer mismo observé atentamente mi sombra que ondeaba sobre el agua, mientras chapoteaba jugando a espantar gaviotas posadas sobre la arena, por esa obsesión mía de alejar de mí lo que ellas representan. Bordeando encajes de espuma, mi sombra me escoltaba, como lo hacían las siluetas de las dunas, muchos veleros, algunas lanchas y varios barcos de gran tonelaje recostados en la línea del horizonte. Me acompañaban también varios kitesurfistas que, ya sin sus trajes de neopreno, patinaban sobre el agua o hacían piruetas sin soltar sus coloridas alas. Todos esos objetos, naturaleza y personas, componían un magnífico pasatiempo, aderezado de brisa y olor marino pero, a pesar de los estímulos, yo me concentré especialmente en la silueta de mi sombra que se alargaba, a medida que el sol iba declinando. Y mi sombra, con las sombras de las cometas que se movían veloces y las rizadas líneas oscuras de los médanos, recortados sobre la arena, se convirtieron en los protagonistas del espectáculo. Me parece que el encanto de ese peculiar panorama era debido a la armonía de los contrarios, no sé si a la que se refería Heráclito pero sí de la que habla el escritor japonés Junichiro Tanizaki.

Como afirma el nipón en su manifiesto sobre la estética japonesa, “El elogio de la sombra”, escrito en 1933 y publicado en español en 1994 por la editorial Siruela, los occidentales siempre hemos vinculado la belleza a la luz, a lo brillante, a lo blanco, y por el contrario denostamos lo oscuro y la penumbra. Sin embargo para los japoneses la sombra no tiene connotaciones negativas sino que se la considera como parte de la belleza, hasta tal punto que en la estética tradicional japonesa lo esencial está en captar el enigma de la sombra. Según el autor, esa diferencia de gustos entre orientales y occidentales se debe a que los orientales se adaptan bien a los límites impuestos, por lo tanto no sienten repulsión hacia lo oscuro y lo aceptan como a algo inevitable. En cambio los occidentales, siempre al acecho del progreso, persiguen condiciones mejores, en cierto modo buscan siempre más claridad, hasta acabar con el menor resquicio, con el último refugio de la sombra.

Como fruto de mis observaciones playeras, y también como amante de las artes plásticas, en cuestiones de estética quiero reivindicar la penumbra como lo hace el japonés, porque creo que la sombra es a la luz lo que los silencios a la música, sería inconcebible una melodía sin silencios, como lo es una imagen sin sombras. Como dice Tanizaki, yo proclamo: En lo que a mí respecta, me gustaría resucitar ese universo de sombra que estamos disipando.

María Valeska

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