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Es peligroso asomarse al interior

El sueño es el único estado en el que todos los tiempos verbales son posibles, incluso el pretérito pluscuamperfecto de subjuntivo, tan infrecuente en estado de vigilia, por esa razón muchos artistas utilizan lo onírico para dar rienda suelta a su imaginación. Me viene a la memoria el magnífico mural de Diego Rivera, “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central”, realizado en 1947 para el comedor del Hotel del Prado, y que ahora podemos contemplar en el Museo Mural Diego Rivera, de la Ciudad de México. En el inmenso panel de 74m2 el artista aprovecha los recuerdos de su niñez y juventud para plasmar no sólo su propia historia sino también la de su país, por medio de personajes reales o imaginarios de todos los tiempos. El paisaje es único, La Alameda, pero en ese reducido lugar se dan cita elementos y circunstancias diversas que sintetizan de forma espléndida lo que Rivera quería materializar.

Sin duda todos hemos soñado alguna vez con personajes que no coincidieron en el tiempo, situándolos en lugares que probablemente jamás pisaron y, aunque no seamos capaces de transmitir artísticamente nuestras propias ensoñaciones, sí que podríamos intentar encontrarles algún significado. Igual ocurre con nuestra forma de mirar el arte no figurativo. Nos hemos acostumbrado tanto a la comodidad de lo obvio, lo sencillo, que nos da cierta pereza indagar en lo oscuro, lo complicado. Por eso están siempre llenos los campos de fútbol y vacíos los museos.

En tiempos tan complicados como el que ahora vivimos, si sólo analizamos las imágenes y situaciones concretas que nos muestran los medios o si nos dejamos llevar por nuestras propias afinidades políticas, resulta fácil aventurar comentarios y posicionarse en alguno de los extremos. Es mucho más complicado repasar la historia y analizar los entresijos y los bajos fondos en los que muchos políticos se mueven con demasiada frecuencia. Para comprender lo que está sucediendo, el sentido crítico es ahora más necesario que cualquiera de los otros sentidos.

Si no tienen costumbre, éste es un ejercicio interesante que recomiendo practicar de vez en cuando. Al despertar, si conseguimos recordar lo que soñamos, en lugar de pensar que hemos alucinado o que nuestra fantasía nos ha llevado por caminos surrealistas, tratemos de averiguar qué hacía determinado personaje fuera de contexto o porqué visitamos reiteradamente lugares y tiempos infrecuentes en nuestra rutina. Y hagamos lo mismo con la realidad, con el arte, con la vida… Fijémonos en los decorados, los paisajes, los objetos, los personajes, los gestos, las situaciones, las formas, los colores… Quizás la clave para interpretar nuestros propios sueños, y también nuestras vigilias, está en los pequeños detalles. El subconsciente, la reflexión y el sentido crítico pueden mostrarnos rasgos esenciales que la realidad o que una mirada superficial no nos permiten observar. Precisamente el surrealismo lo que buscaba era resolver las contradicciones aparentes entre sueño y realidad y transformarlas en una superrealidad. Aprovechemos nuestro bagaje onírico para conocernos mejor y nuestro legado cultural y capacidad de análisis para entender mejor la realidad, pero ojo, hay que estar preparados, porque el subconsciente es muy intrépido y el vapuleo mental algo fatigoso, y a veces es peligroso asomarse al interior.

María Valeska, octubre 2017

 

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