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ESPÍRITU DE EMPRESA

El mismo día que una tormenta anegaba las calles de la ciudad más seca del planeta, entraba la primavera de puntillas por el cono sur, el cometa Halley se despedía por otros siete decenios y una mamá gata paría cuatro lindos gatitos, Basilia Palomeque fue agraciada con la suerte más deseada durante toda una vida de estudios en materia de arte y filosofía, meditaciones y dudas escritas todas ellas en libretas que numeradas correlativamente sobrepasaban las tres mil. Y no fue su dicha un orden en las ideas ni el descubrimiento de la piedra alquímica sino una exagerada cifra monetaria a través del sorteo más excesivo de todas las loterías que en el mundo han sido.

Basilia pensó que al fin había llegado el gran momento de pasar a la acción directa poniendo en práctica todo lo cocinado a fuego lento desde los ya lejanos días de su juventud. Y con toda la pasta encima de la mesa de cocina, en billetes de cincuenta sobrepasando con creces su propia altura y un hervor que le reconcomía las entendederas, no tardó en poner en práctica una de sus más recónditas y azaradas pasiones: repartir copiosas limosnas entre la gente más poderosa y ejemplar.

Hízose anunciar en los más significados periódicos emplazando fecha y hora donde repartir sus cuantiosos óbolos, y allí estaban como clavos fieles a la cita las más importantes personalidades del mundo de los negocios, miembros todos ellos de consejos de dirección multinacional, banqueros ávidos de nuevos capitales, traficantes de armas, presidentes de imperios, excelsas glorias militares y hasta viudas de cardenales. Largas filas en torno a parlamentos y cabildos, puertos deportivos, productoras cinematográficas, estadios de fútbol en horas de entrenamiento y empresas de construcción. Magnates del petróleo se abrían paso a codazos ante la irrisión generalizada de los indigentes habituales mientras los guardias de la seguridad ajena no daban abasto ante las avalanchas producidas por enlutadas madres de la patria y sus huérfanos hijos de padre y educación.

Basilia estaba que no cabía en su desprendido gozo comprobando cómo delante de sus ojos se desarrollaba un inusual espectáculo digno de admiración que emulaba, por exceso, la más grande representación teatral que hubiera sido.

El epílogo de tan magna obra no se hizo esperar dando los huesos de Basilia en la claridad soleada de un centro neurovegetativo de blancas paredes y espaciados jardines donde le enseñaron, mediante innovadoras terapias, que la caridad está sujeta siempre a las leyes de mercado, a saber: oferta y demanda, y que cualquier osada alteración de dicho orden social es una traba grosera al sistema que conformamos usted, despreocupado lector, o yo, infeliz escriba.

Aceptado este axioma nuestra gentil dama pudo salir de la perrera no sin antes abjurar de semejantes y caóticas veleidades dando forma a una sensata renuncia editada y publicada en la ciudad de Bucaramanga, y en el que se demostraban visibles muestras de arrepentimiento.

Apaleada su venganza y con los humos ya más calmos tuvo Basilia arrestos para acometer una nueva empresa con el aún floreciente pecunio que otrora atesoró, y que no fue otra que la de crear una laboriosa industria donde cabida tuvieren los hombres más virtuosos del planeta. Para ello hubo de recorrer innumerables talleres de chapa y pintura, escuelas artesanas, caldererías, negocios inmundos sobrevividores de las más atroces crisis, polígonos industriales donde se debatían enconadas luchas por la supervivencia de un salario, yermos campos arrasados por la transgenidad y compañías teatrales de gira por provincias, por no nombrar el sinfín de tabernas, bodegas y lupanares.

Seleccionados en buen número y copando todas las disciplinas con que manifestar el trabajo bien hecho, en velero ligero embarcaron bajo su propia gestión en busca de un mundo más suave en el que poder transitar rumbo al respeto por la dignidad propia y extraña, dar color a la vida con sus pinceladas maestras y haciendo acopio de una sensatez por demasiadas gentes olvidada.

Sin embargo los acontecimientos raramente son tan sencillos y las buenas voluntades insuficientes en su desarrollo. Con el paso del tiempo entre la marinería fue creciendo la hidra de la competitividad que daba paso a los celos; el enamoramiento que tanto oxida los buenos sentimientos y la privatización de la sabiduría a través del lenguaje, prolegómeno de la estratificación en castas y fuente insaciable de desigualdad social.

No tardó en encallar la nave en el arenal de la desidia, desarbolado el mástil del respeto por la fuerza de la codicia y haciendo aguas cualquier atisbo de integridad. Nueva empresa fallida la de Basilia que se lamentaba atormentada por no haber tenido el suficiente valor de conformar desde el principio un harén a su medida, tarea significativamente más sencilla y grata en cuanto a entreveros filántropos y de indudable rendimiento patrimonial.

Abandonadas pues las largas filas de próceres en busca de alivio y dejado a la deriva el barco de la habilidad, la madura millonaria de nuestro cuento vive una apacible existencia en un balneario donde añora en las cortas veladas del invierno austral, tras las vidrieras, el tiempo en que las utopías desaparecieron dando paso a la corrección política de la honestidad, los megalómanos planes de salvación en el terreno moral, la carrera de sacos por la conquista espacial y el amargo sabor de la arena engastada en la aorta de la razón. Basilia no obstante, entre martini y jim fizz, vive la vida dejando vivir, esculpe su cuerpo en la clínica del vigor y sonríe insinuante a muchachos que aún sueñan con regar su flor. Pese a tanta y desmesurada ignominia ha tenido el valor suficiente para reflotar una factoría de películas porno venida a menos merced al mal gusto de los fondos de decorado en que se filmaban determinados flujos, adquiriendo para su mejora ornamental una colección de lienzos expresionistas de corte abstracto con que aliviar el luto de unos ejercicios gimnásticos derivados en rutina. De esta guisa puede cualquier enervado espectador vislumbrar una copia serigrafiada del boceto con que Tàpies vino a celebrar el primer centenario de Can Barça amenizando una de las más tórridas escenas de un reciente remake de “Garganta profunda” o, sin ir más lejos, el final de “Tras la cortina verde” con fondos constructivistas de Torres-García. Un lujo.

Ramón Díez

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