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Genio y figura

Por lo que se relata en los inicios de nuestro primer libro sagrado, Génesis 2 y 3, todos los que nos educamos en el cristianismo sabemos que los primeros inconformistas fueron Adán y Eva. De aquellos primeros tiempos en el Jardín del Edén a mí siempre me ha sorprendido que Yahweh, Jehová o como queramos llamar al dios de los cristianos, hiciera esta terrible advertencia al hombre antes de que existiera su compañera:

15 Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase.

16 Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer;

17 mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.

Génesis 2

No es probable que al Altísimo se le “pasara por alto” que esta prohibición afectaría después al otro ser humano que él estaba apunto de crear de la costilla de Adán, y por tanto no puedo evitar pensar que la norma fue puesta antes de tiempo, salvo que haya algo que se me escapa. Nunca podremos saber qué hubiera ocurrido si la prohibición la hubiese escuchado Eva directamente de los labios del creador y no de los de su compañero, que sin duda fue quien se la transmitió puesto que allí no había nadie más. Tampoco podremos saber cuál habría sido el futuro de la humanidad si la prohibición hubiera recaído sobre las lentejas o las alcachofas, pongamos por caso, en lugar de sobre algo tan atractivo como una manzana, o qué habría pasado si Dios hubiese motivado la prohibición, porque a veces ayuda mucho entender la razón de un mandato.

Bien fuera por el deseo de ser como dioses, por el afán de poder, bien por curiosidad o bien por no aceptar normas sin sentido, lo cierto es que el inconformismo forma parte de nuestra naturaleza desde el primer momento de nuestra existencia. Es más, creo que la rebeldía puede sobrepasar las barreras de la muerte. Para ilustrar esta última tesis me voy a servir de un hecho recientemente observado en el cementerio de mi pueblo.

Como asidua visitante de camposantos y atenta lectora de inscripciones de nichos, túmulos y tumbas, tenía observado que casi al comienzo de la primera calle a la derecha, en el último piso de los nichos, había uno cuyo ocupante se llama Juan Orts Ramón, muerto hace casi un siglo. La leyenda y las fechas iban acompañadas del retrato en esmalte sepia de una mujer adusta y de mediana edad. Cada año por estas fechas alguien limpiaba el cristal que protegía la lápida de mármol negro descolorido y colocaba una flor o un ramito de tela entra la piedra y el cristal. La primera vez que lo descubrí, era yo muy jovencita, pensé que se trataba de un travestido, sin darme cuenta de lo improbable por lo que significaba ese hecho en los años 20 del siglo pasado.

Hace un par de años, quizás tres, alguien quitó el retrato de la dama, y Juan Orts Ramón se quedó solo sin ninguna imagen equivoca que diese motivos de comadreo. Desde ese momento nadie volvió a ponerle flores ni a limpiar el cristal ni la piedra, y este año bajo la sepultura una valla metálica, como las que ponen en las obras, advertía del peligro de desprendimiento. Todavía no tengo claro si el disconforme es Juan o la dama pero no pongo en duda que uno de los dos está descontento y protesta.

Escrito por Maria Valeska

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