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La banalidad del mal o la realidad cotidiana

La sensibilidad de Hannah Arendt para detectar “la banalidad del mal “ ha sido la mayor aportación para, en contra de los que la criticaron, poder prevenir la “cotidianidad del mal”, que no es otra cosa que los ladrillos con que se construyen las sociedades totalitarias.

Cuando fue a visitar a Eichman, uno de los mayores criminales nazis se encontró con un funcionario pálido, poca cosa en lo físico, que justificaba su trabajo en el cumplimiento de las órdenes recibidas. Poco que ver con esa maldad reflejada en las películas norteamericanas de posguerra donde los nazis encarnaban personajes malignos, demoniacos e incluso con una especie de maldad heroica.

Otro ejemplo, siguiendo con los estereotipos del cine norteamericano, el oficial de las SS eran psicópatas poco menos que salidos de ambientes sórdidos que disfrutaban, y seguro que muchos lo harían, haciendo salvajadas. Vino la guerra fría y los mismos estereotipos se aplicaron a los rusos, se trataba de encarnar el mal, el mal en sentido absoluto.

Actualmente recientes estudios están demostrando la pertenencia a las SS de intelectuales y altos profesionales, ingenieros, arquitectos, profesores de universidad, incluso entre los más sanguinarios. ¿Qué pasó en la Alemania nazi para contar con la participación activa de esos elementos?. La explicación clásica es la represión de la oposición, cuadros universitarios, quemas de libros, etc., no es suficiente y no justifica lo ocurrido; lo que no hay duda es que se trataba de personas fuertemente ideologizadas por el nazismo, que posiblemente actuaban – nadie puede estar en su cabeza-, asesinando contra los elementos reales o imaginarios señalados por su ideología y que atentaban contra Alemania, se identificaba país con ideología.

Esa identificación de país o nación con ideología, es una perversa combinación que acarrea males mayores y a través de la que se puede llegar a sufrimientos importantes. Si alguien tiene memoria pueden recordar las soflamas de Franco en la Plaza de Oriente, contra los enemigos de España, no se sabe muy bien el apego que tienen a lanzar las soflamas desde las plazas y de cómo se hacen tomar los planos desde abajo para parecer más altos.la banalidad del mal

Lo que siempre se presenta es “la banalidad del mal” y la querencia a contar con el funcionariado, que acate las “órdenes pertinentes” por “el bien del país”. Lo primero hay que buscar “la legalidad” para justificar “la obediencia debida” para montar “el aparato”. Lo más curioso es el apoyo de los intelectuales ideologizados a la justificación e incluso a la operativa del sistema, pero lo más aterrador es el silencio permisivo de los otros, que no estando de acuerdo, dejan hacer con la política de “déjalos si se van a estrellar”.

Curioso cuando esta idea, nación ideología, va en parihuelas de una pretendida justicia, izquierda y razones históricas, ni siquiera en eso hay originalidad. Tampoco en la pasividad de los intelectuales, y en esto hay grados, los que se dejan querer, los que en conversaciones, fuera de micrófono, dicen no estar de acuerdo e incluso los llaman patéticos, y aunque hay matices generalmente todos reconocen el miedo porque son poderosos. Y ese es el otro factor, el miedo. También no hay que olvidar los fuertemente convencidos e ideologizados, con estos mejor no coincidir.

En fin, estamos hablando de la “cotidianidad del mal” y cuando eso ocurre, hay que preocuparse. Entonces dejan de ser simpáticos.

 

 

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