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La Isla de las Tormentas

Cuando se apagan las luces del verano, en los primeros días grises que anuncian el otoño, a veces aparece un promontorio azulado emergiendo del horizonte marino: —Es la Isla de las Tormentas— Me explicó mi padre hace tiempo, cuando le pregunté qué era aquello que yo observaba por primera vez. Desde entonces sé que, poco después de ver aparecer la enigmática isla, es casi seguro que lleguen rayos y truenos.

Me hubiera gustado conocer muchas respuestas sobre esa misteriosa isla pero aún no he podido hacerle las preguntas. Poco después de aquel día en la playa, unos policías llamaron al timbre de casa y se llevaron a mi asustado padre, al que no he vuelto a ver desde entonces. No vive lejos de aquí, está en casa de mis abuelos pero no puede venir a casa, y yo lo echo de menos, me gustaban las historias que me contaba, me gustaba ir con él de paseo porque a su lado me sentía segura. En casa mi madre estaba siempre enfadada, nos reñía a mis hermanos y a mí y se enfadaba también con papá. Mamá todavía sigue enfadada, tanto que no nos deja ver a papá, ni a él ni a los abuelos ni a los tíos, nos lo han prohibido porque dice mamá que él se portaba muy mal. Nosotros muchas veces también nos portamos mal, y quizás no ver a papá sea nuestro castigo y el suyo.

Hubiera querido saber dónde está la isla cuando hace buen tiempo, cómo y dónde se esconde en los días radiantes, quién vive allí, quizás estén en ella todos los que desaparecen en el mar, los marineros, los pescadores, los que llegan de lejos apretujados en balsas de goma y se caen al mar justo antes de llegar a la playa, incluso los piratas y los que naufragaron en barcos como el Titanic.

Todo esto lo he imaginado yo sola, papá nunca pudo explicarme nada, no hubo tiempo. A lo mejor es sólo una isla desierta, con palmeras, cocoteros y monos, quién sabe, tampoco sé si se puede llegar hasta ella de un modo seguro, quiero decir sin perderse en el mar. Le he preguntado a mi hermano mayor, para que buscara información, pero él dice que esa isla no existe, que no es de verdad, como muchas otras cosas que decía papá, que es sólo un espejismo. ¿Un espejismo? Tuve que buscar esa palabra en el diccionario, no conocía bien su significado, y vi que un espejismo es “un meteoro óptico que da lugar a que los objetos lejanos se vean como si se reflejaran en una superficie especular situada debajo de ellos”. No lo tengo muy claro pero puede que la isla sea el objeto lejano, aunque también podían ser las nubes que aparecen sobre agua, no lo sé. El diccionario decía también que un espejismo es una ilusión de la imaginación.

Ahora tengo un espejismo constante en mi cabeza o en mi corazón: imagino que voy otra vez por la orilla del mar, de paseo con mi padre, los dos descalzos zapatillas en mano, imagino que el día va oscureciendo porque las nubes han tapado el sol; la brisa ha empañado el cristal de las gafas de mi padre cuando a lo lejos, en la línea del horizonte marino, aparece un promontorio azulado que va adquiriendo consistencia hasta convertirse en algo muy sólido. No sé si papá lo ha visto, con sus gafas nubladas, pero está muy claro que es una isla situada donde antes sólo había agua. Se ve perfectamente que es La Isla de las Tormentas, no me hace falta preguntarlo de nuevo, la reconozco. Esta vez aprovecharé el tiempo del paseo para aclarar mis dudas y para intentar comprender lo que no entiendo. No sé si mi padre podrá responderme a todo, quizás no, pero me gustaría al menos tener ocasión de hacerle las preguntas, me gustaría mucho poder estar cerca de él, de mis abuelos y tíos, me gustaría que no los hubieran enviado a todos a un lugar todavía más remoto que la Isla de las Tormentas. Me he puesto un aviso en la agenda escolar porque no quiero que se me olvide este espejismo, a veces me cuesta ya recordar el rostro de mi padre y quiero reconocerlo cuando por fin vuelva a verlo y abrazarlo.

María Valeska, septiembre 2017

 

 

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