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“LA PRIMERA VEZ”

No, mal pensad@s, sé que estáis pensando en sexo, pero, en este caso, os voy a contar una historia, o era histeria, que todavía no sé si es real o es una alucinación de mi cerebro desquiciado, que nada tiene que ver con el sexo, ¿o quizás sí?

Quizás no lo creáis, pero así es como yo todavía recuerdo como me temblaban las piernas al aproximarme tímidamente a la consulta con el bonito número 66, no, no he dejado de anotar un número, aunque para mí sí se asemejaba bastante al infierno. Ahí estaba yo, deseando con todas mis fuerzas que fuera un hombre…ahora, por fin, entiendo las dudas de las mujeres cuando van a elegir ginecólog@, y eso que nosotros no tenemos que soportar que un frío ánade nos picotee el culo (vamos lo que es “el pato”).

Por supuesto, intenté venirme arriba, dando la sensación de tener más valor que Indiana Jones en una pirámide con cien mil serpientes. Había llegado a mi cita, todo puesto, con mis gayumbos impecables, a pesar de que en mi cabeza no cesaban de sonar unas palabras que os sonarán: ¡Ave Caesar morituri te salutant!, o lo que es lo mismo: ¡Menudo pájaro es César (casualmente el nombre de mi médico), los que van a morir te saludan!, si ya sé que la traducción es algo libre…

Llamé, yo creo que casi de manera inaudible, a la puerta, la abrí despacio y, allí estaba…no sé si  era mejor que no fuera una mujer (por la vergüencita), lo peor es que aquel hombre tenía las manos “extra grandes”, sí lo que serían unos guantes “XXXL”, vamos, que podía haberse dedicado tranquilamente a la tala de secuoyas…

En ese instante y por un impulso reflejo, a la par que defensivo, de mi propio cuerpo, me transformé en un tigre…no, por las rayas no, por las uñas tampoco, que me las había cortado limpiamente…sino, porque mis testículos se encogieron y pasaron a depositarse mucho más atrás, demostrando que no es real la expresión de “se le subieron los c…a la garganta”.

El urólogo, que debía ser primo de Obelix, o tal vez pariente de nuestra querida “Criatura”, tomó unos guantes y tras un “plas”, ruidito característico que se produjo al soltar el látex de su guante, dijo: ¡pase detrás de la cortina y desvístase de cintura para abajo!…allí estaba yo, con el culo “en pompa” y los codos apoyados en la camilla, sí, estaba esperando la mano asesina que, al igual que una estocada, procediera al ataque de mi próstata, y que, por mucho que la esperes, lo único que deseas es que el urólogo tenga las uñas cortas…de repente oí decir, con una voz atronadora, o que al menos a mí me pareció más potente de lo que hubiese deseado en esos momentos: ¡vamos a proceder al tacto rectal, relájese!. En ese preciso momento empecé a preguntarme ¿habrá lubricado el dedo bastante? ¿No hubiese sido mejor no avisar? ¿aparecerá el “efecto legumbre” de la fabada de ayer? …sólo recuerdo mis ojos hacia fuera como en los de los dibujos animados o como Jim Carrey en “La Máscara” y la sensación de que esa mano me llegaba hasta el cerebro… de cualquier forma y, aunque parezca una técnica un tanto cavernaria, debe de tratarse de una técnica muy moderna, puesto que estamos ante una exploración “digital” …

En definitiva, no me preguntéis por qué, será psicológico, pero…yo estuve unos cuantos días con la sensación de que andaba algo más abierto de piernas y en mi mente todavía resuena una melodía que dice así…”Ay libérate…”, del más grande, no del Fari, no, de nuestro “Titi” (sí podéis tararearla)…

P.D: hacedme un favor, si alguien conoce a algún urólogo que se llame César, no le contéis mi caso…no vaya a ser que no tenga otro al que acudir en próximas revisiones…

(Viriato© En cualquier w.c. de España)

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