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LA SOLUCIÓN DE MARIANO

Llegó la noche del lunes 31 de octubre y Mariano se acostó a dormir. Con tanta emoción no podía conciliar el sueño. Recurrió a la receta que tan buenos resultados le había dado siempre; se dispuso a contar borregos. Solo pensar en una cantidad tan grande, le hizo caer en los brazos de Morfeo casi de forma instantánea.

Al rato se encontró con su amiga Ángela, se acercó sonriente y la cogió de la mano. Iniciaron un paseo por lo que aún resta de Grecia. Ángela que llevaba los pantalones que suele llevar cuando quedan, le comentó cuánto le gustaba contemplar las ruinas que iban dejando a su paso. Él silbó una canción típica antes de comenzar una larga charla en la que cada uno aparentaba gran interés por lo que decía el otro.

Continuó el sueño… Ahora era un padre de familia que con poco más del salario mínimo, ni de lejos un salario suficiente, intentaba sacar a sus tres hijos adelante. Unos niños que no sabían lo que era salir un sábado al cine y luego tomar una hamburguesa. Esto le partió el corazón y, desconsolado, lloró su amarga tristeza.

Al momento, como si le hubiesen inyectado en vena 20 años, se vio en la piel de un anciano con su mujer dependiente. Pudo imaginar lo duro que es para infinidad de cuidadores sin recursos, en esta España que él tanto quiere, estar ocupado las veinticuatro horas del día y sin la ayuda de nadie. Experimentó la desazón de aquel que tiene que luchar a diario, además de con la senectud,  con numerosos y complicados problemas.

Luego fue un joven que dejaba a los suyos para buscarse la vida al otro lado del Atlántico; un pobre reumático que no podía permitirse encender su estufa, si quería pagar el alquiler y, además, había olvidado que del mar, aparte de ahogados, también sacaban el pescado que apenas podía permitirse; una persona con un contrato de diez horas semanales, pobre de solemnidad, que veía una locura que con una hora semanal ya figurases en las estadísticas como ocupado; y fue una mujer de 65 años sin asegurar que limpiaba todo lo que le ponían por delante para mantener su casa y ayudar a dos hijos parados que le habían dado tres nietos maravillosos.

Lo que más le impresionó fue poder sentir en su sangre los momentos previos al suicidio de un hombre que perdió su modesta vivienda después de hacer frente a la hipoteca durante muchos años. La impotencia y dolor de su viuda e hijos le hizo también un daño infinito. El discurrir del sueño, por primera vez en su vida, le estaba procurando tal empatía, que el dolor se le clavaba hasta el tuétano. 

Más tarde, una sucesión de números, de esos de los que siempre se ha servido para demostrar que todo va cada día mejor, bailaban en un terreno tan gélido que notó cómo se estaba congelando. Estos dejaban paso a un grupo de personas que surgían tras ellos. Seres que le rescataban con su calor y lo salvaban de una muerte segura. Percibió la frialdad de los números y comprobó la importancia de las personas. Estas son las que pueden ayudar de verdad. Ninguna cifra, sola, sin un corazón palpitando detrás, pudo jamás resolver los problemas de nadie. Sonrió pensando que los números de la lotería pueden ayudar, aunque no era momento de bromear.

Aquello no podía ser real, tanta desgracia y tantos problemas en su querido país. El sueño le había dejado controlar unos instantes. Le asustó pensar lo diferentes que eran esas vidas de la suya. Por primera vez con los ojos cerrados, estaba viendo las cosas con claridad. De día debería abrirlos bien para empezar a ver no lo que él quería, sino la realidad.

Después, a toda velocidad, se impregnó de los problemas de empleo, educación, sanidad, y otros muchos. En esencia los problemas de todos, más si cabe, los suyos. No pudo contenerse y compareció en el sueño ante España entera e hizo una declaración extensísima para él, pero que tuvo una duración real de apenas dos segundos. Eso sí, posteriormente no admitió ni una sola pregunta. Estaba todo clarísimo.

Acto seguido, se despidió de Ángela con un casto beso en la mejilla. No obstante, se confesó porque no quería tener cargos de conciencia. Quizá había pecado de pensamiento…Así es Mariano.

En los últimos fotogramas de aquel cortometraje tan intenso, se sintió muy arropado. Ciudadanos con rosas en su mano diestra lo acompañaban. Le decían que tenía la confianza de todos ellos y que le ayudarían facilitándole su trabajo.

Despertó por fin. ¡Ya era hora! Lleva el pijama empapado. Está agitado. La sensación de que se ahoga en el mar, al huir de tantos problemas, le hace respirar con dificultad. La noche ha sido igual de negra que los días de muchísimos españoles.

Mientras le sirven el desayuno, Mariano reflexiona. Está muy preocupado. Ha sentido todo como propio. Eso es sufrir de verdad y debe solucionarlo de inmediato. Ante tal adversidad, se toca la nariz y chasquea los dedos como hacía Vickie el Vikingo. Tiene una idea. Se dejará asesorar por los mejores y seguirá sus indicaciones. Tomará la medicación que le prescriban. Asistirá a terapia, hará cualquier cosa para no tener esas pesadillas tan reveladoras. No podría volver a soportar tanto sufrimiento…

         Manuel Romeu

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