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La susurradora irresistible. Todo, menos el dolor.

La susurradora decidió ir a Barcelona para que nadie pudiera contarle lo que allí ocurría. El uno de octubre olía a hecho histórico, a pesar de haber nacido con formas no sujetas a la norma, a pesar de haber sido parido, tal vez, por acérrimos egos personales. No obstante, quería constatar en primera persona el resultado del encontronazo entre un pueblo que se empeñaba en ejercer su derecho a opinar y la mano poderosa que amenazaba con sofocar su voz.

“Como si la voz de un pueblo se pudiera sofocar”.

Lo que la susurradora contempló en Barcelona no tenía que ver tanto con el deseo de independencia como con la necesidad de rebelarse contra un mandato opresor, contra un gobierno que no gusta y que no tiene recursos para ofrecer una solución pactada.

“Quien intente acallar el magma que bulle en las calles solo conseguirá que ardan los cimientos”.

Y eso es lo que está a punto de ocurrir.

Una consulta formalmente legítima hubiera bastado para definir lo que desea la mayoría del pueblo catalán, que no tenía por qué ser necesariamente la independencia. Es preciso conocer esa voluntad común. El gobierno es quien tiene la responsabilidad de establecer garantías y formas para escuchar a sus gobernados. Pero, en su ofuscación, lo que facilitó fue una represión brutal y absurda, desproporcionada, que solo consiguió el efecto contrario. En lugar de paralizar las voces, generó más hambre de expresión. Y así se fueron uniendo más voluntades que con anterioridad ni se habían planteado acercarse a las urnas. Pero ahora sí, ahora había que votar, aunque fuese en blanco, en verde, en gris, un sí o un no.

Eso fue lo que la susurradora vio en las calles, en las puertas de los colegios electorales: ganas de hacerse oír. Y también vio paz, solidaridad, compañerismo, avituallamiento compartido durante las horas y más horas que se hicieron eternas mientras decenas de personas aguardaban a que la red soportase los votos y poder entrar a ejercer el derecho a la palabra. Entre aquella gente había personas jóvenes, no tan jóvenes, mayores y familias con niños, con perros, con sueños y hambre de libertad. La unión y el buen rollo consiguieron sillas para los más débiles. El resto acabó sentado en el suelo, esperando. No había prisa. Ni tensión, ni insultos. Solo cánticos, solo ilusión. Lo que la susurradora no vio entre los votantes fue violencia, ni consignas extremistas. Solo una palabra en coro “votarem” y, luego, mucho más tarde, dos: “hem votat”. Y risas y abrazos y llanto emocionado. Y sí se acercaron los mossos de escuadra y se mezclaron con los que aguardaban y hablaron con ellos y preguntaron qué iban a hacer con las urnas. Y decidieron marcharse sin sembrar ni un gramo de malestar entre la gente. Les acompañaron los aplausos. Por fortuna, el colegio electoral donde estuvo la susurradora compartiendo esos momentos con el pueblo no fue visitado por fuerzas de seguridad que tuvieran que cumplir órdenes descabelladas.la susurradora de octubre

La violencia, por desgracia, sí estuvo presente en otros momentos del fin de semana. Violencia procedente de los oportunistas “defensores” de la unidad de España, que desfilaron por las calles de Barcelona enarbolando banderas fascistas, pancartas de la Falange, hasta banderas Carlistas y tatuajes con esvásticas. Ahí sí advirtió la susurradora el odio en la mirada, la ira en los gestos, los gritos contra el estado de derecho. Esa manifestación, protegida de injerencias por los propios mossos de escuadra y otras fuerzas nacionales, enarboló sus estandartes y sus consignas franquistas, de la misma forma que enarbolaba en sus miradas una llamada a la represión por la fuerza, a la violencia, a la desigualdad, al clasismo, al odio y a la muerte. Los fantasmas del pasado se levantaron de sus tumbas para pasearse por Barcelona, expandir el terror y alimentarlo del miedo sembrado por la inutilidad de la clase dirigente.

Por suerte, la gran masa dedicada a la fiesta de la expresión de su libertad no quiso entablar un diálogo imposible y absurdo con este colectivo.

El resultado de las urnas no será vinculante, pero las consecuencias de este polivalente hecho histórico se verán muy pronto. La susurradora quisiera ser esta vez absolutamente irresistible al lanzar al viento su voz:

“Gobernantes: hablad y, sobre todo, escuchad.

Tanto una clase dirigente como la otra tienen el deber de velar por la paz y el bienestar de su pueblo. Y, para ello, deben conocer lo que quiere su pueblo y obrar en consecuencia.

Consultar, mediar, aprender y asumir nuevas formas de organización, todo vale. Todo, menos el dolor.”

 

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