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MARZO, MUJER, 8

Huérfana de alternativas, liceos y hasta del más cercano más allá, Traslación Bergés aprendió no sin esfuerzo que la pareja realidad-ficción era altamente permutable y hasta soluble, en especial a partir de la voladura controlada de las viejas tradiciones inspiradas en mañanear para ir al tajo de fábricas, surcos, talleres, esas cosas.

Transcurrió sus años sin pausa ni prisa con obligada permuta de virtud por queja, relax por decencia, soltura por decoro; pilares maestros de un historial sólidamente edificado frente a la veleidad postmoderna: anticiparse al sol la primera y con las camas hechas antes de las diez. Ceñida a escaso pecunio, sordas sisas semestrales le permitían acudir a la peluquera de su barrio dos veces al año: cumpleaños y Patrona. En cuestiones de ropaje siempre su falda, como máximo, un centímetro por encima de la rótula.

Hubo de tocarle en suerte un marido ejemplarmente inútil -boina a rosca, faria* adosada, ojos vidriosos, amoratadas venas en los pómulos- que apenas le puso la mano encima y con el que engendró tres hijos sanos, voraces de apetito entre horas y notablemente pendencieros, coetáneos en el sofá frente al televisor de abuelos ancianos a punto de fallecer durante lustros, entre retahílas interminables de alaridos, blasfemias e incontinencias mayores y menores que le impidieron a Trasla, siquiera, deprimirse un cuarto de hora.  Ausente de nómina, de paro, de pensión, sin derecho a subir al asiento delantero de los autos, cerraba los saraos navideños hora y media más tarde que el resto de la prole, toda vez que al despejar la cocina mecía con su ajetreo el sopor del alcohol ajeno.

Murió discreta. Los minúsculos enseres que repartió, botín por cierto que provocó innumerables procacidades entre sus allegados, fueron un cepillo apoyado en un espejito de alpaca, dos tacitas de “tú y yo” esmaltadas, un velo de tul ilusión, el último recibo pagado de El Ocaso y la cartilla de ahorro con treinta y siete mil euros. A día de hoy es estadística olvidada; su historial ilustra en coloquios lo que fue, pero ni es hoy ni debe mañana serlo en materia de manuales represivos, dominios y sumisiones.

Su recuerdo recorre cerebros arrinconados y rincones cerebrales como un fantasma insomne de luna llena, pero no os debe azorar la charla apoltronada en comparativas tertulias sobre el antes clasificado, el juvenil futuro, el presente efímero.

–          ¿En el presente tampoco?

–          No, no, nada de zozobra porque en nuestra familia no… Bueno, no creo ¿no?

Ni cuando vuestro acogedor paladar opine de esta o aquella cosecha en cavas office y mucama por horas; ni cuando las enriquecedoras técnicas del progreso aplicadas a la velocidad progresiva os transporten de lado a lado del planeta en un plis plás progresado. Cuando creáis en definitiva que a salvo vivís y que los problemas ocurren lejos, muy lejos de aquí. EPD (En Paz Descansa).

(*) En muchas riberas la marca Farias sigue siendo el plural de Faria

Ramón Díez

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