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MENS SANA ET CORPORE INSEPULTO

Ausencia de ejercicio, dieta libre, rubio americano y tinto con sifón en abundancia le producían espantosos dolores de espalda que todos los especialistas consultados le aconsejaron mitigar nadando. 

-De mañana no pasa, dijo con determinación al aplastar una colilla en el cenicero.

Al llegar a casa buscó y rebuscó por los cajones de su armario hasta encontrar un bañador del que estaba seguro de su existencia, pues recordaba haberse visto con él puesto en una fotografía junto a su amigo Pulido en el espigón del puerto. Cuando al fin lo encontró envuelto en una bolsa de Lanas Aragón lloró emocionado ante tanto recuerdo acumulado.

Le costó dormir. Tan pronto recordaba a Weissmuller introduciendo palos en las fauces de los cocodrilos, como a Spitz con el pecho cuajado de medallas; las piernas de Esther Willians saliendo coreográfica de la piscina o a los almirantes Churruca, Gravina y Alcalá Galiano prefiriendo morir con honra a vivir con vilipendio. Sin dar las seis se levantó pensando conveniente ducharse y lavarse los dientes para así matar tres pájaros de un tiro en materia de salud. Con el pelo aplastado hacia detrás salió de su casa comenzando a silbar “El puente sobre el río Kwai” acabando con el tarareo de “Barras y Estrellas” sin saber exactamente en qué parte de la melodía pasaba de un tema a otro.

Las instalaciones no abrían hasta las nueve y cuando lo hicieron encontraron a Cosme con dos carajillos, fuertemente nicotinizado y con el Marca leído de cabo a rabo, lo cual no fue óbice para pedir impetuoso un tiquet de entrada. No era tan sencillo: a los cinco euros del servicio había que añadir otros tres de un gorro de naylon y diez más para unas chancletas, poniéndose la broma en una desequilibrante cifra para un martes por la mañana. Pasando el cartoncito por un lector de barras pudo atravesar el torno y a través de intrincados pasillos llegar hasta la zona de vestuarios donde le indicaron la conveniencia de adquirir una llave, previo pago reembolsable, con que abrir y cerrar la taquilla y guardar sus pertenencias. Sobre sus pasos volvió para reclamar cambio y hacerse con la susodicha moneda de dos euros pero al querer nuevamente traspasar el torno se encontró con unos fuertes pitidos semejantes a la alarma de una inminente fuga nuclear. Sus ojos hablaban. Otra vez en el vestuario se despojó de la ropa con la vergüenza propia de la falta de costumbre, pues hacía que no mostraba su cuerpo ante otros hombres desde su época de juvenil en el Rosquilletas y no siempre, pues la mitad de los campos carecían de duchas. Con la pulserita de la llave en la muñeca se encaminó a la pileta pero una voz decidida le observó que tan preceptivas eran las chanclas como la utilización previa de la ducha y el secado con su toalla. Llevaba entre unas cosas y otras casi una hora intentando mejorar su deteriorada salud y aún no había conseguido dar una sola brazada, sopesando si no hubiera sido mejor sumergirse directamente en Lourdes ahorrando tiempo y dinero. El primer contacto con las aguas le comunicó que estaban más frías de lo pensado, que el resto de los bañistas nadaban con singular pericia y que no hacía pie. Tentado con abandonar, un viejecito muy campechano con ojos azules y fino bigote de otra época le aconsejó utilizar un corcho fosforescente a modo de flotador. Asido a él no se sintió como pez en el agua pero casi, si bien a los treinta segundos sus ojos estaban irritados de cloro, su nariz encharcada y sus oídos prácticamente sordos, sin contar con la presencia de un experto nadador que a velocidad de crucero le abordó por detrás haciéndole perder su cilindro de salvación. Entre estornudos y eructos salió por la escalerilla camino de la segunda ducha y ni siquiera blasfemó cuando se percató de la ausencia de gel con que limpiarse a fondo las mucosidades ajenas. Chorreante delante de su taquilla comprobó la ausencia de la pulsera observando humillado a través de un cristal cómo una muchacha se zambullía apareciendo casi instantánea con la llavecita rescatada del fondo. Después de despedirse uno a uno del resto de bañistas huyó faltándole tiempo para acodarse en la barra del bar de siempre donde el camarero, viejo conocido, le preguntó por sus inmediatos deseos.

-Para mí una copa de Veterano y para mi hernia sacro-lumbar lo que ella quiera tomar. 

Ramón Díez

 

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