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NÁUFRAGA

naufragaDifieren los planes de futuro entre generaciones como así lo atestiguan cirujanas con hijos cantantes de tangos o campeonas de súper welters herederas de notario. O el caso de Ligia Monturiol, educada entre el parqué de la Bolsa, el verdín hípico, los domingos de Catedral, colegios trilingües, clases particulares de piano y endurecimiento físico-mental a cargo de disciplinas orientales. Todo ello no evitó que la noche del quince de mayo, recién estrenados los diecinueve, Ligia proclamara impávida desde el centro del comedor su determinación firme de ganarse la vida ejerciendo de náufraga. Presa de estupor su madre, dejando caer la cuchara con estrépito de porcelana y salpicando de natillas el mantel almidonado, exclamó fatigada de suspiros: “Lo que nos faltaba, y encima tu padre en el Casino”.

            Ni elocuentes silencios tras abanicos, ni homilías insinuantes, ni gritos extemporáneos desde la alcoba principal hicieron cejar a Ligia en su afán de afirmar que nadie sino la mar era quien podía juzgarla.

            Sobornos con deportivos, vacaciones en Ibiza o pisito de soltera fueron rechazados uno tras otro desistiendo incluso de su herencia, pidiendo a cambio un sencillo chaquetón atemperador de mañanadas pelágicas, una visera de loba de mar y un pasaje rumbo a las islas egeas. Animados ante semejante renuncio, sus hermanos convencieron a los papás sobre la conveniencia de dejar fluir anhelos, deseos y vocaciones, pues la alternativa de una frustración negadora podía acarrearles, a la larga, vitalicios remordimientos.

            La mañana del primero de noviembre zarpó de Cartagena el buque “Fenicia” con una tripulante única en desear tormentas huracanadas, marejadas, tempestades y hasta abordajes de piratas. Tras dos jornadas de calmada travesía barajó si tirarse por la borda en busca de una primera oportunidad y así lo hizo, pero tras el vibrante aviso de “¡Mujer al agua!” una chalupa improvisada la devolvió a cubierta empapada y con síntomas de amigdalitis. Interrogado su proceder por el contramaestre naval, confesó que su acto no respondía a tentativas suicidas sino a las de aprender un oficio con que labrarse el porvenir. Estupefactos ante semejante argumentación se le conminó a permanecer en la sentina veinte horas al día, no acercarse más allá de un metro a la baranda y pegar a su espalda, en los entreactos, un grumete susceptible de dar alarma en caso de reincidencia.

            Con semejantes expectativas fue invitada a desembarcar en la isla de Malta y mediante conferencia ponerse en contacto con su familia. Tras el relato de la oportunidad perdida su hermana mayor le deseó por cable los mejores augurios, esperanzándola con mejores momentos a lo largo de próximas travesías.

            Desempeñó fatigados trabajos trampeando los días hasta enrolarse en un mercante con bandera de conveniencia y destino a ninguna parte cuya marinería conformaba un batiburrillo multicultural. Hizo amistad con dos liberianos que tras escuchar sus embarrados planes temieron el peor fario en sus componendas supersticiosas, ofreciéndose a encontrarle el callado momento nocturno en que abandonar el navío. “¡Echadme un trozo de mesana para poderme apoyar!” les gritó desde estribor, arrojándole sus compañeros el larguero del jergón de uno de sus catres y una bolsa de galletas. Dos largos días con sus noches permaneció de esta guisa y fue el tercero cuando avistó, con más pena que gloria, una enorme barcaza que viraba sobre sí misma abarrotada de caras oscuras. El ánimo de Ligia merced a su primer éxito profesional contrastaba cruelmente con la angustia de aquellos expertos en la materia, más preocupados en enderezar la nave rumbo a la vieja Europa que en el relato de ansias profesionales.

            La corbeta que finalmente los remolcó hasta Lampedusa estaba pilotada por unos italianos muy simpáticos que les ofrecieron agua, terrones de azúcar y unos rosarios bendecidos por el Santo Padre; nada más atracar les fue tomada su filiación y alojados en una residencia rodeada de alambre espinado en cuyo interior se erigían inmensos barracones hacinados de semejantes. No tardó Ligia en hacer valer sus influencias de joven notable y merced a las credenciales que proporciona una Visa impermeable las puertas de aquel campo le fueron abiertas. “Cuídese -le aconsejaron los carabineros al despedirla- y no ande con malas compañías”. Para corresponder a tamaña amabilidad la aprendiz de náufraga envió un ramo de azucenas al altar de la capilla de aquel centro y unas cajas de bombones a repartir entre los cuatro mil internos.

            Dos naufragios consecutivos en menos de una semana auguraban una fulgurante carrera. Trasladada al continente por el puerto de Nápoles tropezó con unas robustas muchachas norteamericanas que le aconsejaron la conveniencia de hacer deporte a lo largo y ancho del Mediterráneo y abrirse paso al Mar tan Rojo como Sarraceno a través de Suez. Dicho y hecho. En pocas horas se había alistado como cabo de segunda en el portaaviones “Truman” e intuyendo que sus deseos iban estupendamente encaminados un bajel les descargó un torpedo casero confeccionado a base de bombas fétidas, bengalas de cumpleaños y unos clavos del ocho frente a las costas de Tunicia, justo en el momento que Ligia hacía aguas mayores. La pequeña explosión, que provocó una tolerante aquiescencia por parte del almirantazgo, no fue óbice para que tras arduos esfuerzos consiguiera Ligia atravesar el ojo de buey del retrete, lanzarse al agua para ampliar su currículum profesional y ver cómo aquella escuadra se alejaba intacta por el horizonte dejándola a merced de la estela provocada por las hélices a reacción. Apresada por la misma embarcación agresora fue canjeada a las pocas horas por diez cartones de Marlboro que les entregó el primer oficial de un crucero de dudoso lujo, el “Costa Concordia”, con destino a la isla de Giglio,

            Hizo Ligia buenas migas con el capitán, un caballero de moral alegre y campechana quien le ofreció un dry martini apenas fueron presentados. Las noches de aquel buque eran auténticos saraos donde alcohol y síntesis química corrían a canales entre pasaje y tripulación, intimando unos con otros hasta altas horas y estableciendo fervientes lazos de amistad mediante lujuriosas gimnasias. “De continuar así, me temo lo mejor” pensó Ligia cuando atisbó aquella hilera de farallones sordos frente al chun-chun de cubierta. Escorado el buque en plena zozobra y contemplando el espectáculo a horcajadas de la quilla, reflexionó que si bien la ilusión genera aventura los abusos de pericia acaparan desengaño y hasta los naufragios fuera de medida susceptibles son de fatales acarreos.  Es decir, el miedo le atenazó la entraña. Pánico evocador de soledades abandonadas, como la de aquella tarde de circo que pasó llorando no por temor a las fieras (enjauladas, al fin y al cabo) sino de los payasos que corrían sueltos entre carcajadas; o la tarde de paseo por la huerta donde halló, entre cañaverales, otros náufragos víctimas de hipodérmicas; cuando un amigo de papá le prometió eterno amor y abundantes billetes la tarde de su puesta de largo en sociedad o cuando descubrió que el llanto rara vez se produce por los demás sino más bien cuando miramos hacia nosotros. Ya las olas le anegaban las pantorrillas cuando forjó la idea de que cada cual es náufraga de sí misma y que desde luego la mar, por sí sola, no hace marineras.

            Encontraron su cuerpo transformado en coral adherido a una almadia justo el día en que el capitán fue acusado de delito de negligencia, alevosa embriaguez y blasfemia continuada, alegando éste en su beoda defensa que aquella oscura pasajera hallada en alta mar, y no otra, era la responsable del gafe necesario que causó su fatal hundimiento. Ver para creer.  

 

           

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