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PISTACHOS

   A propósito de un referendo (otro más) en Suiza sobre el aumento de una renta básica a quien más la necesite (no, no es otro artículo sobre política), en un informativo de una cadena generalista mostraron unas imágenes, para ilustrar la noticia, de una de sus ciudades, probablemente Berna o Lausana. Y lo que vi no me sorprendió en absoluto. En los pocos segundos que dura la cuña informativa tuve el tiempo suficiente para comprobar que Suiza y sus habitantes siguen siendo tan aseados como siempre; quiero decir que en esas imágenes vi las calles tan limpias como las vi cuando tuve ocasión de visitar el país con mis padres siendo yo un adolescente.

    Lo cual me induce a pensar que en ciertos aspectos (como ya he comentado en otras ocasiones) África sigue terminando en los Pirineos. He tenido la inmensa fortuna de poder viajar con mis padres por casi toda Europa y desde luego, de Suiza hacia el norte las ciudades, sus calles, sus habitantes no se parecen en nada a ciudades, calles o habitantes españoles. No pretendo generalizar –no sería justo- pero la ciudadanía española dista mucho de parecerse a la europea en cuanto a educación, modales y respeto hacia el prójimo o hacia los elementos comunes que configuran el paisaje urbano.

    Cuando ves ciudades como Berna, Ámsterdam, Bonn o Goteborg con sus calles y mobiliario urbano tan cuidados, sientes envidia porque ves que en esta España pretendidamente civilizada eso no ocurre. Aun así, creo que la solución, o una de ellas, no pasa por prohibir o castigar determinadas conductas, digamos, poco edificantes; se trata más bien de algo tan básico como la educación.

    Y es que lo que vi y me ocurrió hace unos días no es sino el reflejo de lo que realmente somos como individuos y como sociedad; y eso, por desgracia, también es “marca España”. Sí, digo “somos” porque yo también entono el “mea culpa”. En el transcurso de unas pocas horas vi una calle repleta de excrementos de perro en pocos metros; observé cómo el dueño de otro can, sin inmutarse mínimamente, permitía que el animal desaguase en la puerta de un comercio ¡y ni siquiera el dueño del mismo dijo nada! (Yo tampoco, de ahí el mea culpa).

   Para rematar mi considerable enfado, y volviendo a casa, el vecino de un segundo piso estaba comiendo pistachos. ¿Que cómo lo sé? Porque me cayeron encima las cáscaras de los mismos. No pude reprimirme y a gritos le dije que, al menos, debería mirar antes de tirar nada; le espeté que, en cualquier caso, nunca debía tirar nada por el balcón y, al fin, le llamé “guarro” con todos los decibelios que mi voz pudo emitir.

    En definitiva, para según qué cosas, estamos a años luz de nuestros vecinos europeos, mucho más en cuestiones de urbanidad. Por mi parte invito a la comunidad educativa, y sobretodo a los padres, a educar convenientemente a las nuevas generaciones para evitar situaciones tan lamentables como estas. Buena suerte.

        Moska

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