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PITÁGORAS

Quería calcular la magnitud del alma

desconociendo la altura de la vida

y la fría extensión de sus sombras.

Una noche soñó su muerte,

recorrió este lado terreno, exiguo,

que forma un ángulo recto con otro lado mayor,

en el confín del aire. Observó desde el vérticepitagoras

cómo arraiga el esqueje de un nuevo horizonte

que cuadra y suma los dos lados. Y en su raíz

halló el tiempo que no vemos -el techo del alma-,

la hipotenusa de un silencio sin alimento,

el lado que cierra un universo triangular

que despierta en la armonía de los números.

Obediente en la mañana

esa inmortalidad que siempre defendió,

volvió con el teorema en su mente,

y pudo dibujar el plano de una casa.

Y en un sueño de eternidad,

con tierra de la isla de Samos, aire y fuego de

[Crotona

y lágrimas del mar Egeo, forjó entre el azul y el

[averno

esa casa que luce un pentágono estrellado en su

[fachada

donde el alma

ávida de una cárcel carnal que la encierre

entre sus transmigraciones duerme.

Donde el alma viene y va hasta que redimida

en una greca del tiempo desaparece.

Con este poema, no obstante:

ni la geometría muere, ni el escepticismo sueña.

 

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