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Por fin se conoce la naturaleza de Dios. Dios es un perro caniche como el que tiene tu suegra.

Peter Singer, mesías y predicador de la “liberación animal”, deja bien claro que no se trata de que sean amantes de los animales, como quienes dan de comer a los gatos callejeros para desgracia de los pájaros urbanos, sino que se trata de un principio ético por el cual las especies animales somos iguales, siendo lo que nos iguala la capacidad de sufrir, es decir se trata de una ética que parte de que nos identifiquemos con los animales, como hacen los niños, y suframos porque ellos sufren. Singer lo acompaña de descripciones terroríficas sobre lo que hacen los científicos con los animales de experimentación y lo que ocurre en granjas y mataderos. Sus seguidores amenizan las redes sociales con imágenes “gore” sobre animalitos sanguinolentos, de las que es difícil sustraerse a la emoción asesina por la que matarías al matador. Con el mismo truco nos parten el corazón los benditos antiabortistas con imágenes de fetos descuartizados, en Navarra le llamaban Ferminico.  Al parecer los animales, tanto como el feto Ferminico, son nuestros semejantes.

Se trata, según Singer y sus seguidores, de la continuación lógica de las luchas por los derechos civiles de los negros y las mujeres, y sobretodo de las luchas por la abolición de la esclavitud. Combaten el “especismo” antropocéntrico, o primacía de la especie humana sobre las demás especies, como se combate el machismo o el supremacismo blanco, y luchan por la abolición de la esclavitud animal. Es muy claro y muy sencillo: la consigna de “no discriminación” incluye la no discriminación en función de su especie, (una buena noticia para las ratas, no se si dar también la enhorabuena a los mosquitos).

            De lo que proponen se deriva, me parece a mí, una nueva era, un superhombre superético, que modificara todos los conceptos, usos, costumbres, tradiciones, fiestas y ritos que nuestra especie viene sosteniendo, al parecer erróneamente, desde centenares de milenios, que de triunfar transformará nuestra alimentación, el ecosistema y la economía. Se supone que la humanidad ha llegado a tan altas cotas de desarrollo económico y cultural, y a tal grado de eticidad, que ya lo que toca es liberar a los animales.

Reconozcamos que no somos ni dioses ni ángeles, somos mortales de una especie que desaparecerá en su momento. Ciertamente somos animales, incluso algunos tirando a “pedazo de animales”. Pero nuestra diferencia con los animales no humanos es tan abismal que igualarnos es un disparate.  Que reconozcamos en algunos animales conductas que nos sorprenden por lo “humanas” que parecen, o que nos enternezcamos viendo imágenes de cachorrillos, no nos puede ocultar, lo extremadamente sofisticado de nuestra conducta, de la sociedad y de la cultura, hasta extremos de que podamos construir poderosas realidades imaginarias, e incluso extravagancias tan depuradas como el propio animalismo. Como animales somos cuanto menos un poco raros.

No quiero decir con eso que esa diferencia nos autorice a ser crueles con ellos, pero las razones éticas y estéticas del “no deber serlo”, no proceden del animal mismo, de un derecho suyo, sino de mi, de mi capacidad reflexiva y de los principios culturales y éticos en los que habito. No es que el animal tenga derechos, sino que yo tengo principios (cuando los tengo), que no parten de la igualdad sino precisamente de la diferencia. ¿Qué cosas son crueles o no para con los animales?, salvo determinadas prácticas de ensañamiento, la respuesta está en el campo de lo discutible y variable según momentos y circunstancias, y según las diversas culturas, entra en el campo de lo opinable, no de lo obligado por la ley. Los animales no tienen capacidad de elección, solo tienen necesidad (algunos de ellos no dudarían en matarnos si pudieran), no tienen ética, ni pueden ser culpables de sus actos. Nosotros también nos movemos por necesidad, pero además, dentro de un contexto social y cultural dado, podemos decidir y tenemos responsabilidad. Para ello tenemos una emoción específica, refinada, tenaz y eficaz, la culpa. La cadena trófica, la vida y la muerte, sufrir o hacer sufrir, a los animales les viene dado sin más, sin distanciamiento, su dolor no es nuestro sufrimiento puesto que nosotros podemos reflexionar, tener conciencia e incluso sufrir por otros. Para nuestra especie resulta “natural” y moral, que los incluyamos en nuestra cadena alimentaria, como prescribe nuestra biología, gracias a ello hemos sobrevivido, ellos no dudarían en hacerlo. Resulta justo que los controlemos, y pongamos a nuestro servicio como se viene haciendo de siempre, puesto que no hay ni reciprocidad ni paridad posible.

Una posible explicación del desvarío animalista, puede ser como consecuencia de nuestro abandono tan rápido y reciente de la naturaleza salvaje como el hábitat cotidiano e inmediato. Antiguamente se convivía estrechamente con los animales, tanto los domésticos como los de crianza o de carga, así como de una amplia variedad de animales salvajes que podían suponer un peligro. Desde niños se aprendía a conocerlos, cuidarlos, alimentarlos, dominarlos, adiestrarlos, sacrificarlos, y a protegerse de ellos si se diera el caso, y los varones a iniciarse en la magia, aventura, y peligros de las artes de la caza, con o sin perro como auxiliar. Se aprendía también a aprovechar al máximo los productos animales, sobretodo en una dieta sana y suficiente. Conocimientos complejos,  trasmitidos por generaciones, de los que dependía la subsistencia y la pervivencia. En cambio para la mayoría de nosotros los animales pueden ser o pobres domésticos desterrados de su hábitat y neurotizados, o los que vemos en los documentales de la tele, o en dibujos animados en los que hablan como personitas. Estamos tan distantes de la vida animal que hemos perdido la referencia “natural” con ellos.  Imaginaros lo que pensaría un guerrero Masai de la ética animalista.

¿Y que le decimos a tu suegra de su perrito caniche al que quiere como a un hijo, y que le ayuda a sobrellevar su vida? Dile que hace bien, que son muchas las gentes que se benefician de la convivencia con animales. Y que si se le muriera y le pusiera un altarcillo con flores, fotos y velas, como muchos hacen con sus hijos muertos, que no se sienta culpable, no está haciendo una religión animal, sino un duelo, una metáfora, no a todos los perros, sino a ese perro que quería “como si” fuera de la familia, y quizás con ello también hace también otros duelos. Pero dile también que desconfíe de los animalistas, que aunque le puedan parecer amantes de los animales como ella, cuando hablan de derechos de los animales no lo dicen como una forma de hablar, un “como si” los animales fueran personitas, sino que lo dicen como lo dicen los creyentes, que humanizan a los animales haciéndolos su religión, su ídolo o su “caniche de oro”. Que pretenden llevar a cabo una larga lista de prohibiciones en virtud de la cual todos, por uno u otro motivo, seremos pecadores, incluso los amantes de los animales, y que esperan convertirnos a todos en veganos.  Que son fanáticos religiosos violentos en ocasiones, tanto como los antiabortistas. Que como estos, el suyo no es un punto de vista tan legítimo como otros, sino se tienen por moralmente superiores, iluminados por la verdad con derecho de ir prohibiendo, insultando, acosando y provocando.

 

Valero de Luna (Barcelona)

 PD: Éramos pocos y parió la mula animalista.

Y yo me pregunto: 1- ¿De donde sale esta gente? 2- ¿No tienen mejores motivos para andar molestando a la gente? ¡No será por falta de causas para militar! Como diría aquel, el hombre tal como hoy lo entendemos es un invento reciente, los Derechos Humanos están reconocidos desde hace poco, además no están garantizados más que para una minoría de nuestros hermanos de especie, y están amenazados para todos.  ¿Tiene sentido proclamar la “liberación animal” y los “derechos animales”? Quizás los siglos futuros traigan cosas más raras, pero será si logramos sobrevivir y si salimos de la que se nos está viniendo encima, que va a ser larga y dura. ¡No es cuestión de andarse con tonterías!, digo yo.

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