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Rajoy y los toros

Esta revistilla que hacemos unos cuantos diletantes, fue la primera que presentó a Rajoy como un Tancredo, esa figura a medias entre el toreo serio y el espectáculo bufo, que consiste en aguantar quieto generalmente sobre una silla para dar al toro sensación de un mueble confundiéndole como un elemento inerte de la plaza, sobre el que no tiene sentido hacer el mínimo derrote porque no cuenta y que magníficamente dibujó Gabi  habitual ilustrador de la publicación con el que no he tenido oportunidad de intercambiar muchas palabras pero que como artista supongo compartidor  de la estética taurina, y no es necesario nombrar a Picasso.

RAJOY y los torosRecuerdo la magnífica revista Quites que publicaba la Diputación de Valencia y que era la admiración de todos incluido el mundo de la cultura, cuando esta institución estaba gobernada por personas serias, antes de que vinieran los macarras tauleros, y en la que participaban firmas como Rosa Chacel, Francisco Brines, Fernando Quiñones, Juan Luis Panero y otros, con ilustraciones del muy admirado Ramón Gaya, Antonio Doménech entre otros.  Revista que recomiendo a los jóvenes donde verán algunas cosas que yo aprecie cuando era como ellos, abolicionista.

Creo que la figura del Tancredo, aun siendo gráfica, no se ajusta a la actitud de D. Mariano que en los últimos tiempos recuerda más a las espantadas a las que nos tenía acostumbrados Curro Romero, pero sin su maestría y arte. Y que Dios me perdone por la comparación.

Su naturaleza torera es la de un chapuzas, escurridizo y miedoso, no solo cuando el toro es astifino y caballaco por alto de  agujas,  simplemente porque es toro. No le gusta el toreo prefiere verlo  desde el tendido,   a lo sumo desde la barrera. Cuando no tiene más remedio que salir, elige  únicamente las artes que domina fundamentalmente la capa, que es la que más viste y ofrece menos peligro. Quizás por eso ha encontrado una figura desaparecida, la de “medio espada” que consistía en bregar, poner los rehiletes y sustituir al espada cuando “no es necesario” y esto para el menda es habitual; hasta ahora los lideres debatían, Don Mariano manda a su “media espada” que no tuerce el ojo, habla mejor y no le pueden preguntar por su amigo Bárcenas, su peón de confianza durante muchos años y encargado de repartir el dinero a la cuadrilla.

Lo insólito es que ahora no  quiere  ir ni siquiera a la plaza, ya que sus compañeros de terna no son de su agrado, pero a la vez quiere salir  en el cartel sin torear. Si esta actitud poco gallarda y quedona persistiera la autoridad gubernativa debería afearle la conducta y mandarlo al menos a hacer el paseíllo, torero naturalmente.

Otro arcano indescifrable es lo que piensan sus seguidores y no me estoy refiriendo solo al que vota, me refiero el que confía sus intereses al partido. Aunque los del tendido de sombra son menos propensos a la bulla que los de sol; creo que le terminarán pitando y acabará como Antonio Ruiz “El Sombrerero” torero absolutista, de carácter altanero y poco acostumbrado a desaires que tras una estrepitosa bronca por una mala faena se persono ante Fernando VII para protestar ante el Rey por el comportamiento de los que antes le aplaudían y este le reconvino: “Antonio, el público es muy respetable, y sobre todo el público de Madrid”. Desde entonces perdió el favor Real.

El símil torero es de aplicación al segundo espada, Pedro Sánchez, que el nombre lo tiene de torero, se la juega en esta corrida, los toros no son fáciles, unos son bravucones para estos lo mejor es seguir el Manual de Tauromaquia de Pepe Hillo: “Estos toros se burlan con facilidad; pero para sortearlos será muy bueno prevenirles el terreno de afuera…, muchos se quedan en el centro sin hacer suerte, bien que en este último caso  será más oportuno que el diestro forme nueva suerte adelantando el terreno”. Para los toros revoltosos también hay solución.

Donde no casa el toreo es con el engaño, hay que ser muy claros y generar confianza  y por supuesto con el final no se debe matar ni que te maten. O sea que no es una corrida.

El pichilin inquieto

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