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Se trata de despatriarcalizar, no llega con ‘feminizar’ la política

Aunque el discurso sobre ‘feminizar’ la política parece estar activando un interesante y muy necesario debate, sostengo que el trasfondo del mismo es una mera pose discursiva si no va acompañado de propuestas para despatriarcalizar las estructuras, la política, el poder y la sociedad. Incidir en la idea de que aumentando la presencia de mujeres en el espacio público y asumiendo la ‘ética del cuidado’ en el funcionamiento de las estructuras generará potencialidad suficiente para provocar un cambio real en las mismas es situarse en el ámbito de la ilusión discursiva.

Como ya he explicado en este otro artículo, “cualquier proyecto de emancipación política que pretenda ofrecer alternativas para la democracia económica y social, fuera de la colonización depredadora capitalista, debería plantearse como reto el de despatriarcalizar la sociedad para la plena soberanía de las mujeres, de los hombres y de las comunidades en las que discurren sus vidas”. Es decir, resulta impensable un hipotético cambio social que no incluya la necesidad de partir de un análisis de las estructuras y relaciones patriarcales en los subsistemas sociales, económicos y culturales; y esto afecta de lleno a la credibilidad de las organizaciones políticas.

En estos días han proliferado algunos artículos de interés sobre qué significa ‘feminizar la política’ y la mayoría de ellos recogen una interpretación bastante más generosa y nutrida que la que sugiere el propio concepto de ‘feminizar’. En mi opinión, el concepto en sí se refiere al resultado de un proceso de mayor concentración de presencia y participación de mujeres en la política y en lo político; es evidente que a medida que los ratios de participación se vayan equiparando y haya una mayor diversidad de género en la representación, se irán aportando más elementos al debate político y se evidenciarán necesidades prácticas, asociadas a los roles de género, hasta ahora no abordadas por la cultura androcéntrica que predomina en las organizaciones políticas; de ahí a pensar que por sí mismo dicho proceso va a significar una transformación de la política me parece más una proyección del ‘desideratum feminista’ que una probable tendencia de cambio real.

Coincido plenamente con que la paridad es necesaria por pura normalización democrática, y por justicia social. Creo firmemente que es necesario incidir en el cambio del imaginario simbólico, y en este sentido, liderazgos como el de Ada Colau, Manuela Carmena o Mónica Oltra proyectan otra forma de hacer política más próxima a las cotidianidades de la vida, abordando explícitamente la cuestión de los cuidados. Es evidente que estos liderazgos alientan a una predisposición favorable para dar algunos pasos más y, como dice María Pazos, llegar a ‘feminizar’ el poder

Y sin embargo, no me parece que sea garantía suficiente para provocar un cambio en el orden de prioridades ni mucho menos para creer que las organizaciones o estructuras políticas van a empezar a desarrollar políticas feministas o a cuestionar los privilegios masculinos otorgados desde la inercia de las estructuras patriarcales y heteronormativas.

Por ello me parece que el debate no debería centrarse en la idea de ‘feminizar la política’, porque, más allá de que probablemente existan buenas intencionalidades, el riesgo es que se aproveche como una estratagema más para marear la perdiz. En cambio, soy partidaria de abordar explícitamente las relaciones desiguales de poder que se reproducen en las estructuras políticas, los mecanismos sutiles -y no tanto- de violencia que siguen funcionando, la necesidad de implicación activa y real de toda la estructura política y sus dirigentes con la eliminación del feminicidio, acabar con el ninguneo y la estigmatización que afecta a gran parte de las feministas ‘políticamente incorrectas’, tolerancia cero con tanto ‘mansplaining‘ progre que pulula en las organizaciones políticas, abordar el conflicto permanente de los tiempos ante la inercia de la práctica y gestión política o las resistencias a abrir el proceso para orientar el presupuesto público a la igualdad de género, por mencionar algunos aspectos que considero efectivos para despatriarcalizar.

Así pues, insisto, se trata de despatriarcalizar, y no, no llega con ‘feminizar’ la política.

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