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SER UNA AMANTE

Sin ninguna duda este recién estrenado siglo es el de la soledad. Aunque los medios a nuestro alcance sean cada día más sofisticados y podamos relacionarnos con mucha gente al mismo tiempo y sin salir de casa, cada día estamos más solos. Si a esto añadimos el estar en una edad avanzada, con varios divorcios en tu cuenta personal, tu condición de mujer y que tus hijos, que tantas horas ocupaban de nuestro tiempo, han volado del nido, la soledad se multiplica exponencialmente.

En estas circunstancias lo peor que te puede pasar es tropezar con uno de esos especímenes que se prodigan por este mundo que, con dulces palabras y gestos de deseo, crees que te ayudarán a sobrellevar la soledad. Llenan tu cerebro de halagos para que caigas en sus redes y poder utilizarte cuando ellos te necesiten.

Como este tipo de relación no tiene un nombre especifico, te llaman amante, aunque el diccionario de La Real Academia no rece en esos términos.

Este tipo solo te busca cuando no tiene un plan alternativo que le seduzca más, o cuando quiere que lo saques a pasear y por supuesto pagues el gasto. Nunca te pregunta por tus problemas y mucho menos por tus sentimientos. Eres tú la que debes preguntar y escuchar los suyos, animarlo, consolarlo, entretenerlo y estar disponible para cuando llama o aparece. Sin ningún pudor puede dejarte apartada de cualquier evento de su vida, te esconde, cuando se tropieza contigo en un lugar público te da trato de conocida, como mucho; si le suena el teléfono estando contigo miente de con quién está y dónde, sin la mínima consideración de que hasta qué punto puede eso llegar a doler.

Las amantes podemos estar horas esperando a que nos llamen, buscar una buena excusa para llamar, emplear mucho tiempo en el arreglo personal solo para gustarle, interesarnos por temas que a él le interesan, soportar salidas que nos aburren e incluso nos dan miedo, justificar sus actitudes en todo momento. Somos capaces de cambiar nuestros hábitos en la comida, no fumar si el no fuma, dejar nuestros hobbies a un lado y abrazar los suyos… hasta el punto de no vivir tu vida, solo la suya.

Sabes que no conduce a nada, que las cosas no van a cambiar. Con cada frustración, con cada disgusto, tomas la decisión de terminar, estás convencida de que puedes, pero no lo consigues. Vuelve a llamar, no te sientes capaz de decirle lo que piensas, lo que te pasa, por temor a que se enfade o porque no quieres mostrarle tu debilidad, además no va a entender de qué hablas, no entrará al trapo, le quitará importancia y con un giño o un achuchón ya estarás pillada de nuevo. Intentas mantenerlo a tu lado haciéndole costosos regalos y siendo útil en cualquier cosa que necesite.

En los momentos de mayor dolor barajas la posibilidad de poner tus afectos en otra persona; dicen que un clavo saca a otro, pero no puedes y no sería justo. No puedes hacer a otro lo que te están haciendo a ti, nadie merece eso. Amplias tus relaciones hasta que tu cuerpo no aguanta solo por mantenerte ocupada y no pensar en él, intentas pasarlo bien sin que esté presente y a veces lo consigues, incluso es tranquilizador estar en un ambiente donde nadie te hace daño, con amigos que te aprecian por lo que eres, que te dan el cariño y la compañía que tanto necesitas. Pero cuando te quedas sola tus pensamientos vuelven a él. Miras el teléfono por si te ha llamado, te sumerges en pensamientos que te vuelven a destruir, pasas unas horas de luto y de auto consuelo y cuando crees que vas a poder superarlo, te llama, aparece y vuelta a empezar.

Pienso que si de verdad fuera una amante al uso sería más fácil. Si yo tuviera un marido o él una esposa supongo que lo llevaría mejor. Por lo menos las ausencias y los silencios estarían más justificados, aunque el daño que causaríamos sería injusto, porque esta situación resulta muy dolorosa y sobre todo absurda, ¿no creen?

Aurora de Toro

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