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VIAJEROS AL TREN

A las ocho en punto de la mañana el taxi dejó al viajero en la entrada de la intermodal estación de la ciudad. Un edificio sofisticado y de dudoso gusto ecléctico que bien podía albergar en su entraña un palacio de congresos, un horno crematorio o una iglesia privada subvencionada con fondos públicos. La célula fotoeléctrica detectó y abrió las puertas de manera falsamente hospitalaria y Licinio Cascante entró con más pena que gloria.

El despliegue de hormigón contaba con el presupuesto aprobado por el gobierno regional, del central y de fondos europeos de ayuda a maquilladores contables de progreso, desarrollo, ciencia y armonía social.

Licinio interpretó en un panel que al andén primero, vía segunda, acudiría su tren y una flecha escueta pero firme le conminaba a escanearse previamente, para lo cual se despojó, no sin pudor, no sin recelo, del cinturón, el llavero, un mechero, ocho euros con sesenta céntimos y el reloj Longines que heredó de su padre. Convenientemente registrado, declarado inocente y aceptado a filas, recogió sus pertenencias y dudó en la encrucijada de cola izquierda o derecha, optando (cómo no) por la errónea. Una azafata respaldada por un encargado (traje gris, entradas en la frente, prominente barriga) le comprobó billete y hora tras el desliz, invitándole a desparramarse por el andén y vía adecuados con la advertencia, no obstante, que para facilitar el acceso no se plantara ni muy cerca ni muy lejos, por lo que Cascante intuyó que con ochenta y siete pasos que diera desde el origen tendría suficiente. Así lo hizo aguantando con estoica paciencia cada indicación y con la ansiedad propia de quien urge una copa de Castellana.

Camuflado entre sus semejantes vio cómo la máquina doblaba una curva y ante el alborozo general tomo posición para entrar en el coche adecuado, localizar su asiento, colocar el hatillo en el pescante y observar el gesto mecánico del pasaje en su conexión a móviles, portátiles y monitores de televisión por medio de auriculares.

Licinio Cascante entristecía por instantes pensando en la inoportunidad de sacar más adelante la fiambrera con lomo y pimientos, ensalada de huevo duro y escabeche y su inseparable bota, compañera de tantos antiguos kilómetros que poco a poco se desvanecían en la memoria.

No bien partió el tren con acelerado trote, su ventanilla le propuso fábricas abandonadas en suburbios de ropa tendida, campos de fútbol entre pedregales y zarzas y unas tapias pintarrajeadas con colores fluorescentes, Lucinio, cazando al vuelo la mirada perdida de su compañero, le preguntó esperanzado:

– ¿Este va a Barcelona, no?

Ramón Díez

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